Cuando no existe una ruta clara desde el primer visitante hasta el discipulado activo, las personas asisten, pero no se integran.
El resultado es rotación constante y crecimiento inestable.

Prácticas que funcionaron hace 20 o 30 años ya no conectan con nuevas generaciones.
Sin ajustes intencionales, la iglesia pierde relevancia sin perder fidelidad bíblica.

Los eventos exitosos pueden llenar un auditorio, pero no construyen procesos sostenibles.
El crecimiento real requiere continuidad, seguimiento y estructura.

Lo que no se mide no se puede mejorar.
Sin métricas saludables, la iglesia no sabe dónde está ni hacia dónde avanza.

¿Por qué muchas iglesias han dejado de crecer?

Muchas iglesias pequeñas y medianas aman a Dios, predican fielmente y trabajan con dedicación. Sin embargo, han llegado a un punto donde el crecimiento se detuvo.

No es falta de fe.
No es falta de oración.
No es falta de compromiso.

En la mayoría de los casos, el problema es estructural y estratégico.